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viernes, 18 de mayo de 2012

Un saludo al damasceno que resistió la Nakba

Texto original: Al-Quds al-Arabi

Autor: Elías Khoury

Fecha: 15/05/2012, Aniversario de la Nakba palestina


Nuestro gran maestro el historiador Constantin Zureiq (1909-2000) fue el primero que llamó a las cosas por su nombre en su libro “El significado de la Nakba”, que fue publicado en 1948; es decir, el mismo año del Gran Desastre. Lo que llama la atención es que quien lo hizo no fue un palestino, pero vio con la intuición del historiador y el luchador nacional los efectos destructores de los que avisaba la Nakba de los palestinos.

Hoy, sesenta y cuatro años después, descubrimos lo bien que se adecuaba la expresión porque se convirtió en una palabra que no permitía traducirse, al materializar la especial naturaleza de la gran catástrofe que acaeció al pueblo palestino.

Pero lo que se le pasó señalar a nuestro gran historiador fue que la Nakba no es un hecho específico que sucedió en 1948, sino que es un proceso catastrófico que comenzó ese año y que aún no se ha detenido, porque los árabes y los palestinos carecían de la consciencia necesaria para erigir una fuerza que pudiese detenerlo en un punto concreto. Hoy vemos que la Nakba se dibuja en los cuerpos de los presos palestinos en su heroica huelga de hambre y en el hecho de que llevan solos la bandera de la resistencia popular contra la Nakba que llegó a su salvaje cénit colonial y destructivo con el desplome de Oslo.

El aniversario de la Nakba no es una ocasión para recordar el pasado, no porque hayamos perdido la memoria, sino porque el pasado no es pasado, y porque la Nakba se hunde más en la tierra y los cuerpos cada día que pasa, anunciando la tristeza de este tiempo y su decadencia. Un tiempo en el que los arribistas y oportunistas están en primer plano, un tiempo en el que no hay unidad nacional ni una verdadera búsqueda de un horizonte que rompa el círculo vicioso de la ocupación por medio de la violencia, el bloqueo y las cárceles.

Creo que ese año de la Nakba debe empujarnos a pensar en la nación de Constantin Zureiq, que fue la primera en pagar el precio de la Nakba por esa estúpida idea que condujo los golpes militares, por la cual Siria quedó sepultada bajo las botas de los oficiales que consideraron que podrían ocultar la Nakba con las estrellas colgadas sobre sus hombros, convirtiéndose en instrumentos de la Nakba y la causa de su prolongación. Así, destrozaron su país con la dictadura y la represión. En vez de ser Siria, que es el corazón del Bilad al-Sham y su centro, una fortaleza para detener el proceso de la Nakba, Siria se destruyó a sí misma por la ocupación a manos de quienes pretendieron haber accedido al poder para resucitar la gloria de la nación, convirtiéndose su autoridad militar partidista en una forma de ocupación y una herramienta para destruir el Estado y la sociedad.

Este gran damasceno merece que su ciudad y su país sean recordados el día de la Nakba. Es cierto que Zureiq fue uno de los creadores de la idea árabe moderna y que se pasó su vida entre Damasco y Beirut, y que no le gustaban las adscripciones regionales, por eso era tan palestino como sirio, y tan libanés como palestino. Sin embargo, este gran damasceno era hijo de su contexto, que soñaba con la libertad, la independencia y la democracia, y por ello, puso su cultura y conocimiento al servicio de la cuestión de la modernización y la cristalización de la idea nacional laica. Hoy descubrimos cuánta razón tenía cuando acuñó una palabra nueva y antigua al mismo tiempo que podía predecir las consecuencias desastrosas y señalar a la vez el camino para evitarlas. La Nakba que no podía impedirse en un de post Segunda Guerra Mundial y en un mundo árabe gobernado por una mezcla de represión y traición, podría haberse contenido o al menos reducirse sus efectos como paso previo a su superación total.

Pero el Oriente árabe, que enfermó de golpes militares, perdió el norte antes de que llegase la derrota de junio de 1967 a anunciar la instauración del despotismo absoluto por medio de la creación de un dictador dictatorial que no era más que una imagen distorsionada de Abdel Nasser. Un dictador que se dedicó a gobernar a hierro y fuego, con locura y valiéndose del pillaje. Los modelos dictatoriales que nacieron a orillas de la derrota del 67 desde Ja’far al-Numairi (Sudán) a Gadafi, pasando por Saddam Hussein y el dúo Sadat y Mubarak hasta llegar a los dos Asad fue el anuncio de que la oscuridad de la Nakba apagaría a todo el Oriente árabe, convirtiendo al centro del período de la Nahda (el Renacimiento o Ilustración árabe) en el centro de la decadencia, donde reinan la muerte y el miedo, dejando que la ocupación israelí obrase a su antojo y convirtiendo a nuestros países en un campo de de juego para las potencias coloniales.

En la ciudad de Constantin Zureiq está teniendo lugar la lucha definitiva de la época de la oscuridad dictatorial. De aquí saca el régimen la desesperación para volver a sembrarla de nuevo, convirtiendo su aparato militar y su experiencia represora en un instrumento para carcomer lo que queda del Estado, como preludio a la destrucción de la nación.

La época de las repúblicas hereditarias que se han derrumbado en Egipto, Túnez, Libia y Yemen, está librando su última batalla en el mismo sitio en el que se inició, pues el modelo hereditario comenzó en Siria y no terminará si no termina allí. Se trata de un modelo que mezcla la lógica monárquica con los métodos de la mafia, y que se vale de la experiencia de Corea del Norte para imponer lo que parece una losa sobre la gente.

En “El significado de la Nakba” y “El significado de la Nakba de nuevo”, Constantin Zureiq puso de manifiesto los defectos y errores que llevaron a tales derrotas, pero nos dejó a nosotros el descubrir que el volumen de la catástrofe que provocó la dictadura hizo de la Nakba palestina algo generalizado a todo el entorno, y que el proyecto de los nuevos “nakbistas” era el acabar con todo, para que la destrucción dominase. Ello les permitiría ser los cuervos de la muerte y sus señores.

Miles de palestinos en las cárceles están en huelga de hambre y decenas de miles de sirios están en las cárceles y centros de detención. Una intifada abortada en Palestina recibe estímulos para comenzar de nuevo, y una intifada en Siria que resiste los intentos de ser abortada con paciencia y tesón.

Es triste, pero también digno de enfado. Edward W. Said (1935-2000) recurría a la palabra enfado para resistir con ella su desesperación ante los derroteros de Oslo y lo que vino tras ellos. El enfado hoy es algo común. Los pueblos resisten la desesperación con su enfado y la muerte enfrentándose a ella. Aquí comienza la respuesta al tiempo de la Nakba, y aquí se decidirá el destino árabe. En Siria y Palestina hay una única batalla cuyo nombre  es la recuperación del derecho a existir y la recuperación de la dignidad humana. 

La respuesta al tiempo de la Nakba comienza con la vuelta del espíritu y la recuperación de la consciencia. La coyuntura es difícil y peligrosa y está llena de desfiladeros, pero ha de cruzarse para que la vida comience su curso de nuevo.

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