Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

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jueves, 16 de marzo de 2017

Samira Khalil: símbolo de la revolución siria

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En este vídeo, Yassin Al-Haj Saleh habla de su mujer, la activista Samira Khalil, que pasó cuatro años en las cárceles de Hafez al-Asad, se unió a la revolución en 2011 y terminó secuestrada en 2013 por la facción islamista del Ejército del Islam. Este vídeo se grabó a propósito de la publicación de un diario de Samira en castellano, y se ha decidido compartir en público ahora con motivo del sexto aniversario del inicio de la revolución.

viernes, 10 de marzo de 2017

Alepo... La venganza que no morirá

Texto original: Aljazeera

Autora: Lina Shami

Fecha: 19/02/2017





Allí, en el centro de la calle había colgadas unas cortinas para tapar la visión de los francotiradores del régimen que se deleitaban cazando a los transeúntes como si estuvieran jugando a un juego de ordenador. La casa, que cada noche se llenaba de compañeros y cuyos muros escuchaban los chistes y las conversaciones unas veces interesantes y otras aburridas, se había desplomado y se había convertido en una montaña de piedras. Mi marido Yusuf y sus amigos esa noche no estaban en allí, pero sí una familia formada por el padre, la madre y tres hijos pequeños, y una madre y su hijo. Todos quedaron sepultados bajo los escombros.

Al día siguiente fui a grabar al mismo sitio ante ese edificio totalmente derrumbado, para contar lo sucedido. Tuve que repetir la grabación muchas veces porque me temblaban las manos con la cámara, ¡tan solo ante la idea de que esos cuerpos estaban aún enterrados bajo esas piedras detras de mí! Nadie había podido levantar las piedras y sacar los cadáveres para llevarlos a una tumba adecuada para su último viaje. A unos metros de allí, en la calle aledaña, hace unos pocos días, un hombre intentaba levantarse, en la acera contraria a la puerta de su casa, sobre sus pies fracturados a consecuencia de un misil que había caído cerca de él. Se frotó la cara con las manos para poder ver y miró sus manos mientras las giraba para darse cuenta de que la sangre de la cabeza desintegrada de su amigo había cubierto su rostro. La metralla había atravesado la cabeza de su amigo para que él se salvara de la muerte de milagro, como siempre se salvaban todos en esta ciudad de leyenda.

Logró levantarse, para toparse con el cerebro de su amigo en el borde de la acera, el cual había dejado de hablar de pronto sin terminar su última frase. A su cerebro se había acercado una gata que lo rascaba e intentaba comerlo. ¡Qué asco! Sí, el mismo asco que provoca el hecho de que, mientras la gata se comía los restos de su cerebro, los países donde se han podrido los eslóganes de la libertad y la humanidad buscaban con toda la calma del mundo algo que justificara este genocidio. El mismo asco que provoca que, tal vez, a esas personas les haya tocado el genio del terrorismo, con el que justifican toda masacre y crimen. Las Naciones Unidas estaban extremadamente preocupadas por cómo justificar la expulsión de personas de su tierra sin que el mundo fuera consciente de la inmundicia de ese crimen. Querían que el mundo les agradeciera a su organización y a los carniceros que hubieran detenido la matanza durante dos o tres días y hubieran permitido a la gente preservar sus vidas unos cuantos días más, personas que salían a cambio de perder su tierra, sus recuerdos y su dignidad.

Durante los años que han pasado, hemos sido meros números en las páginas de los tímidos informes que salían, y unas pocas palabras en los boletines de noticias, que un simple botón del mando a distancia podía borrar. También hemos sido un punto de las listas de temas a tratar en las conferencias que negociaban sobre nuestras vidas y vendían y compraban a través de nosotros -nosotros no merecemos vivir- beneficios para quienes lo merecen. En los medios internacionales éramos un informe más corto que un programa de debate sobre los secretos de las estrellas de Hollywood, o sobre la forma de preparar una deliciosa tarta de manzana. Hemos sido más pequeños que el problema del calentamiento global que amenaza a la humanidad, mientras nuestra muerte colectiva no lo hace.

Dentro de los muros de nuestra ciudad asediada, solo nosotros nos ocupábamos de contar al mundo nuestras masacres colectivas y nuestra muerte ordinaria. Nos ocupábamos de recoger los restos y cavar tumbas en los parques, de retirar los escombros que sepultaban los cuerpos si podíamos, y de levantar algunas cortinas para retrasar en su masacre a los carniceros de las milicias de Asad, los ocupantes iraníes y los rusos, que bailaban de alegría cada vez que sus balas se acercaban a nuestros cráneos, y cuyas risas aumentaban cada vez que se elevaban las voces de los niños y los gritos de las mujeres que lloraban ante tanta atrocidad.

Los días pasaron en la ciudad en continua noche sin día. En la oscuridad, con cada explosión, las imágenes de los mártires atacaban en tropel. Los gemidos de los heridos y los detenidos olvidados en los mataderos de Asad emitían un único grito que cubría el ruido de un avión ruso cuyo piloto, sin temblarle el pulso, decidía con absoluta frialdad durante su habitual ronda, quién viviría y quién moriría. Los rostros de los niños se cubrían de terror y palidecían de pronto. Los restos humanos saltaban buscándose entre sí, buscando su venganza por su muerte que no había muerto. Nosotros, los vivos, nos salvábamos del incendio que seguía a nuestro alrededor y seguíamos con nuestra vida con todos sus detalles ordinarios en medio de toda esta muerte. Encendíamos trozos de leña y nos íbamos al pozo al principio de la calle para traer agua. En ella sumergíamos un puñado de arroz que quedaba desde hacía un mes, para cocinarlo por la tarde.

Qué horribles son los detalles de la vida cotidiana, cuánto llanto provocaban, y cuánto la odiábamos y nos odiábamos a nosotros mismos cada vez que nos salvábamos. Ahí estábamos, obligados a una vida que violaba la majestuosidad de esta muerte que pendía en el ambiente e interrumpía con su insolencia el silencio de los mártires y los restos. El olor del arroz y la madera volvía a cubrir el olor de la sangre vertida por las calles de la ciudad. Cada noche nos preguntábamos si la libertad merece toda esta sangre, y la respuesta era la siguiente: ¿Merece la vida sin libertad, sin dignidad, sin justicia y sin derechos de miles de mártires y detenidos ser vivida?

Salimos de una ciudad en la que enterramos a miles de mártires. Otros no fueron enterrados y quedaron bajo los escombros. Enterramos días y años en que habíamos vivido con la dignidad de no volver a ser esclavos de Asad. Entonces él y sus soldados lanzaron el lema “histórico” de “Asad o quemamos el país”, que hace dudar, inevitablemente, de la humanidad de esos criminales.

Cuando el carnicero Asad no fue capaz de reprimir nuestra gran revolución que exigía libertad, dignidad y justicia para este país, buscó ayuda entre los demonios de la tierra para matar a un pueblo y una revolución inmortales, que crecen y se hacen más maravillosos con cada mártir. “No nos arrepentimos de la dignidad”, decíamos mientras despedíamos a nuestra querida ciudad por última vez. Pronunciamos las últimas palabras de despedida sobre las tumbas de los mártires, escribimos todos los lemas que habían colmado las manifestaciones de las calles de la ciudad sobre sus muros, quemamos los recuerdos y nos llevamos con nosotros la venganza, los testamentos de todos los mártires y nuestro pasado.
No tenemos tiempo en esta corta vida para llorar ni para hacer elegías sobre nuestra ciudad violada. El mundo nos ha dejado solo dos opciones: la masacre o la salida sin retorno de nuestra tierra. Nosotros solo nos hemos dejado a nosotros mismos dos opciones: el martirio por aquello por lo que murieron nuestros compañeros, o la venganza.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Comunicado de la revista “Nos levantamos por la libertad”




Fecha: 08/03/2017

La revista طلعنا عالحرية lleva trabajando en la zona de Damasco prácticamente desde el inicio de la revolución, gracias a la incansable labor de activistas civiles con sede en la zona de Al-Ghouta. Ayer, 8 de marzo de 2017, su sede fue cerrada y la revista denunciada por orden de la Fiscalía General de Duma -organismo establecido por el poder fáctico en la zona, el Ejército del Islam-, debido a que en su revista se había publicado un artículo en la sección de colaboraciones externas “con expresiones humillantes contra la divinidad”. Al margen del contenido del artículo, arrogándose el derecho de representar a dicha divinidad, dicha Fiscalía ordenaba el cierre no solo de la sede de esta revista, sino de las sedes de organizaciones relacionadas como ella (según su criterio), como entre otras, Los Guardianes del Niño (حراس الطفل), encargados de proteger la infancia en la zona, y el Centro de Documentación de Violaciones, puesto en marcha años atrás por Razan Zaituneh, secuestrada junto con Samira Khalil[1], Wael Hammada y Nazem Hamadi por desconocidos, a pesar de que todos los indicios apuntan al Ejército del Islam. Ante esta situación, los responsables de edición de la revista emitieron el siguiente comunicado. 



Consejo editorial de Nos levantamos por la libertad

A la luz de los recientes acontecimientos posteriores a las protestas por la publicación del artículo “Papá, cógeme” [2] de Shawkat Garazaldin en el número 86 de la revista Salimos por la libertad, la dirección de la revista ha decidido paralizar su actividad dentro de Siria y no continuar con la distribución en papel hasta que el tribunal decida sobre la cuestión.

Aunque la revista ha expresado sus disculpas por este error accidental, después de eliminar el artículo -que solo expresa la opinión de su autor- de todas sus páginas, y de detener la distribución en papel del número que lo contenía, la revista reitera su respeto absoluto a las creencias de todo el mundo y al derecho de las personas de manifestarse y protestar, pues lo consideran parte de los valores que defiende y por los que trabaja.

En este contexto, la revista insiste en que es una institución independiente que no está ligada a ninguna otra institución de las que han sido incluidas en la orden emitida por la Fiscalía hoy en la zona de Al-Ghouta oriental.

Estas organizaciones (la red de Los Guardianes del Niño, el Centro de Documentación de Violaciones, la Organización El día después y los Comités de Coordinación Local) ofrecen importantes servicios sociales a un amplio sector de los sirios de Al-Ghouta, y realizan actividades imprescindibles en el contexto actual de la guerra que el régimen está librando contra la zona, con sus consecuencias económicas y sociales. No es correcto sancionarlas por un error que no han cometido y en el que no tienen potestad alguna. Además, dichas instituciones en su conjunto están en contra del contenido del artículo y consideran que está en total contradicción con sus valores y principios.

Reafirmamos nuestra conformidad con las decisiones de la Fiscalía y con el juicio pendiente y reiteramos nuestro respeto por los sentimientos de los que se han sentido ofendidos por el contenido del artículo. En este sentido, exigimos a la Hisba[3] y al poder judicial que se centren en el artículo como un asunto que concierne exclusivamente a la revista y emitan un fallo en base a ello. También exigimos a los organismos de seguridad y del poder judicial de la ciudad de Duma que asuman su responsabilidad de preservar la seguridad de los trabajadores de la revista y las instituciones anteriormente mencionadas.

[1] En el Diario del asedio a Duma 2013, publicado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, se pueden leer las notas que Samira Khalil escribía desde Al-Ghouta antes de su secuestro.
[2] Este fue el grito viral del niño Abdo Taan al-Sattuf tras un bombardeo en la región de Idleb que le arrancó las piernas. Desde el suelo, llamaba a su padre, que, conmocionado, no podía cogerlo.
[3] Cuerpo encargado de asegurarse del que se cumple la aplicación del principio: “Ordenar lo correcto y condenar lo reprobable”.

jueves, 16 de febrero de 2017

Un día para el silencio

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin al-Haj Saleh

Fecha: 13/02/2017

Ilustración incluida en el informe de AI

A los mártires de Seidnaya [1]

Nosotros, los sirios, no podemos dejar de hablar, pero tampoco podemos hablar. Lo atroz reta, continua y repetidamente, nuestras palabras y las destroza. En cada ocasión, sentimos que un silencio infinito es lo único que puede preservar nuestra dignidad y honrar a aquellos de entre nosotros a quienes les han sucedido verdaderas atrocidades. Pero volvemos, una vez tras otra, a utilizar las palabras corrompidas que han sido agraviadas una y otra vez. No podemos parar. Queremos que nuestras voces sean escuchadas, pero nadie las escucha. Se han convertido en un estruendo automático y monótono que no llama ya la atención de nadie. Es como si fuéramos la máquina que funciona en el backstage, cuyo sonido llama a los oídos de quienes están en el escenario, pero no la escuchan. 

Y a pesar de ello, hablamos. Queremos que nos escuchen y nos vean. O que se sea testigo de nosotros. Queremos decir que nosotros somos la escena. Lo atroz son nuestros cuerpos corrompidos, los cuerpos de nuestros hermanos, amigos y seres queridos. Esa es la escena, es el suceso al que deben dirigirse las miradas y al que los oídos deben prestar atención. Hablamos. ¿Cómo vamos a guardar silencio? 

Pero la experiencia de las palabras corrompidas es real, y no se puede ignorar. Si insistimos en hablar, debemos recomponer nuestras palabras; en caso contrario, aumentará su corrupción. Ello supone hacer de nuestros discursos y textos un espacio en que recomponer las palabras, en el que inventar palabras nuevas, y en el que producir un silencio que no suponga la incapacidad de hablar. Por el contrario, ha de ser el silencio creador que precede a las palabras y significados, en el que las palabras recuperan su salud y en el que se generan nuevas palabras. 

Nuestras palabras no son escuchadas. Callémonos para que nos escuchen.

Nosotros, los sirios, necesitamos un suceso verbal en el que reflexionar sobre nuestras palabras, sentirlas, y expresar nuestro respeto por ellas y nuestra preocupación por su bienestar y dignidad. 

Puede que un día de absoluto silencio, un día en que no hablemos, ni nos expresemos, ni nos comuniquemos, sea ese suceso. Un día de aislamiento elegido también. Un día de retiro, aunque estemos en la calle y rodeados de gente. 

El día de nuestra oración inquieta por las palabras torturadas y quebradas, por las palabras que han muerto, por las palabras que nacen y por las palabras que se han salvado y han seguido viviendo. 

Un silencio que celebra el espíritu de las palabras, el significado: su vida, su perseverancia frente a la atrocidad, su capacidad para moverse a través de las culturas y el tiempo, y su poder de resistencia ante lo atroz. 

Se trata también de una protesta contra un mundo de estruendo, y un elemento para construir nuestra nueva identidad. 

Nosotros, los sirios…

[1] Se puede consultar aquí el informe que motivó este texto.

sábado, 14 de enero de 2017

Los últimos disparos en los distritos orientales de Alepo



Texto original: Al-Jumhuriya 

Autor: Mustafa Abu Shams

Fecha: 12/01/2017


Civiles y combatientes preparándose para la evacuación (Reuters)


Sus dedos se mantuvieron en el gatillo durante mucho tiempo en los barrios orientales de Alepo y fueron testigo de la liberación, los bombardeos, las luchas internas y la crudeza del asedio. Hoy hablan de esos barrios en los últimos días y horas, y sobre los últimos disparos y momentos en ellos. 

Ali es uno de los combatientes del Ejército Sirio Libre en Alepo. Comenzó su relato sobre los últimos días insultando a los líderes de las facciones que rechazaron la unificación y, tras los insultos, prosiguió:

Estuvimos de guardia en el distrito de Tariq al-Bab durante siete días, desde la caída del distrito de Sakhur el 27 de noviembre de 2016 hasta el 3 de diciembre. Muchos de los jóvenes naturales de la ciudad se ofrecieron voluntarios para enfrentarse a Asad y sus aliados, y estábamos convencidos de que lograríamos proteger la ciudad. Tras la entrada del ejército en el distrito de Masakin Hanano, pedimos al comandante de la zona (del Frente del Levante) que nos autorizara a recuperar el territorio perdido, pero este nos pidió que nos quedáramos en nuestras posiciones porque nuestra misión se limitaba a la defensa de la zona.

El ejército del régimen nos rodeó desde la vecina zona de Maasraniya, y pedimos munición antitanque y anti-escudos, pero no nos la dieron. No teníamos más que nuestras armas individuales, así que nos retiramos hacia el barrio de Al-Mashhad, abandonando la zona a su suerte después de que nuestros líderes y el mundo entero nos hubieran fallado. Cinco años de revolución se evaporaron ante nosotros, mientras las imágenes de los compañeros de camino y armas que habían muerto pasaban ante nuestros ojos; ojos que se limitaron a llorar ante la impotencia que sentíamos. Muchos se negaron a retirarse o salir, y dejamos de tener noticias de ellos. Se quedaron allí defendiendo la ciudad. Ojalá hubiera hecho lo mismo.

Los autobuses comenzaron a salir el 15 de diciembre. Se decía que algunos autobuses habían regresado y otros habían sido detenidos, que había una tregua y que se había violado. La realidad es que todas esas treguas no nos importaban, y solo pensaba en quedarme hasta que saliera el último civil. Solo la muerte me lo impediría.

El 21 de diciembre de 2016, la mayoría de civiles habían salido ya, y no quedaban más que unas pocas familias y combatientes que se quedaron hasta el final. Nos subimos a los autobuses y coches particulares. El viaje fue muy largo y el tiempo pasaba muy despacio, y con él, la humillación en los puntos de control y nuestra salida destrozados. Apoyé mi cabeza contra el coche que me llevaba. Tenía miedo de ver las caras. La Media Luna Roja nos pidió que dejáramos las armas para evitar provocaciones. Por primera vez en cuatro años, dejé mi fusil.

Había comenzado a nevar y la nieve empezaba a cubrir los tejados de las casas; sin embargo, sentí que mi fusil estaba caliente. Lo froté con aceite, acaricié su funda de piel y lo besé. Me arrepentí de no haber grabado en él la palabra libertad. Sentí que alguien lo llevaría después de mí, así que lo enterré, por si volvía o por si lo encontraba algún otro revolucionario.

Durante trece horas no nos permitieron salir ni siquiera para hacer nuestras necesidades. Los coches avanzaban con mucha lentitud y los controles cubiertos con la bandera de la opresión y eslóganes sectarios mataban en mi interior todo sentimiento de vida. Cerré mis ojos deseando huir. Ojalá hubiera podido dormir, pero fue imposible.

Llegué aquí, a Sarmada, en la zona rural de Idleb. La alegría de la gente ante nuestra llegada no sirvió para quitarme el nudo de la garganta. Lo que se decía de la salida honorable y la vuelta me parecían tonterías y una ofensa grabada en mi rostro.


Autobuses de Alepo (Reuters)

Abu Hamad, de 30 años, uno de los comandantes de la ciudad de Alepo, se negó a decir su nombre o la facción en que luchaba por miedo a las represalias de lo que iba a decir. Sin embargo, nos contó su historia completa desde la caída del campamento de Handarat hasta su salida de la ciudad junto con sus combatientes, como resultado de un acuerdo que supuso la rendición de la ciudad y la salida forzosa de su gente.

Sé muchas cosas sobre la entrega de la ciudad, las traiciones y la inacción, pero antes de nada, soy padre y tengo una familia que estuvo viviendo conmigo todo ese tiempo, y soy un combatiente que libró batallas en todos los frentes desde el inicio de la revolución. No todo lo que sé puede contarse.

Tras la caída de la carretera del Castillo y el asedio de la ciudad de Alepo por todos sus flancos el 17 de julio de 2016, y antes de ello, el dominio de las tropas de Asad sobre las granjas de Al-Mallah al norte de la ciudad, supimos que las fuerzas de Asad y sus aliados se afanarían en controlar por completo el campamento de Handarat, la importante zona que les aseguraría el camino del Castillo y reforzaría sus posiciones de retirada. Había algunas posiciones de la brigada Sultán Muhammad al-Fatih, de la Agrupación Fastaqim, de Ahrar al-Sham y de Nur al-Din al-Zenki. Sin embargo, quien dominaba la zona de facto era el Nur al-Din al-Zenki, pues eran los más fuertes allí.

Las posiciones sexta y séptima en Handarat eran las más importantes, y siempre había fuertes enfrentamientos e intentos por parte de las fuerzas de Asad de entrar y tomar el control. Ello se debía a que la caída de ambas posiciones suponía tener a tiro la vía de suministro desde el cruce de la fábrica Karrash hasta Handarat. En dichos puntos no había ningún armamento pesado, y este solo aparecía cuando se estaba grabando. Las posiciones antes mencionadas cayeron más de una vez y solíamos recuperarlas con apoyo en dos o tres horas como mucho.

A principios de octubre, las posiciones cayeron, junto con el campamento de Handarat. La reunión en la sala de operaciones se prolongó desde las siete hasta las doce de la noche para diseñar un ataque y recuperar el campamento. Sin embargo, nos ordenaron dejar Handarat y asegurar nuevas posiciones en la zona de Shaqif, a un kilómetro al oeste de Handarat.

El frente de Handarat era uno de los más calientes en Alepo, pero dos días antes nos había sorprendido la noticia de que el ejército había irrumpido para desmontar la torre con la que nos comunicábamos por medio de los walkie-talkies. No sé cuál es la razón, pero la caída de Handarat fue el comienzo de la caída de la ciudad.

Los puestos de vigilancia se trasladaron a las zona de Al-Shaqif y Al-Awija. Días más tarde, nos retiramos de la zona de Al-Shaqif sin disparar una sola bala, puesto que las fuerzas kurdas habían tomado el control desde Al-Sheij Maqsud hasta el restaurante El Castillo, mientras que las fuerzas de Asad habían entrado por la parte contraria hasta las fábricas y el puente de Al-Shaqif. En lo que se refiere al frente de Al-Awija, se produjeron leves enfrentamientos y el control cambió de manos varias veces, en un contexto en que las principales carreteras de la zona estaban vigiladas por francotiradores apostados en el frente de Handarat, lo que provocó varias muertes diarias de mujeres, niños y algunos combatientes.

En ese momento, el Frente Fath al-Sham –según dice─ juzgó a los que habían rendido la zona, y sacó de 15 posiciones del frente de Sheij Ruz y Bustan al-Basha a cerca de 270 combatientes, en su mayoría de la Decimosexta División, que fueron sustituidos por la facción Al-Muntasir billah, el frente de los Turcomanos, el del Sultan Murad y el de Muhammad al-Fatih. Hubo muchas discusiones por este motivo, ya que no todos son corruptos, y quienes debían ser juzgados eran los líderes exclusivamente, pero la decisión ya había sido tomada y Nur al-Din al-Zenki apoyó al Frente de Fath al-Sham. Así que no pudimos hacer nada y nos rendimos a los hechos consumados porque son los más fuertes sobre el terreno.

El 6 de octubre de 2016 cayó un grupo de edificios del barrio de Bustan al-Basha, pero los pudimos recuperar. Después, las tropas de Asad entraron por sorpresa en la estación de agua de Suleimán al-Halabi, aunque también logramos recuperarla tras perder muchas vidas. Después de eso, reunimos nuestras tropas en Bustan al-Basha para apoyar al frente de Sheij Ruz, reforzar las posiciones en la zona de Sheij Khodr y poder proteger las instalaciones de agua. La zona se calmó un poco durante un mes, pero estábamos en una especie de guerra de desgaste continua. Estábamos casi asediados y no entraban armas ni comida. Además tuvimos enfrentamientos en más de una zona y perdimos mucha munición para frenar los ataques de las tropas de Asad.

El 20 de noviembre de 2016, comenzaron los preparativos para tomar la zona de Masakin Hanano. Nunca había visto nada igual: bombardeos continuos de artillería, con misiles, con barriles y con aviones de guerra. Esta situación duró cerca de 6 días tras la caída del barrio en manos de las tropas de Asad, que entraron por los barrios de las llamadas casas árabes y que conforman un anillo desde la zona sur hasta Masakin Hanano. Siguieron avanzando hasta la zona de Al-Ard al-Hamra y Jabal Badro, hasta llegar a la autovía que está delante de la tienda de pollos asados Al-Sharq, al principio de Tariq Al-Bab. Los que estaban de guardia en Masakin Hanano eran de la brigada Abu Shaqra, que depende de Nur al-Din al-Zenki, y en algunas posiciones estaban combatientes del Frente del Levante.

La caída del barrio no fue resultado de la inacción, pero la densidad de los bombardeos era tal que muchos combatientes tuvieron que retirarse, siendo acusados de traidores, y algunos incluso fueron interrogados. Las tropas se centraron en los nuevos puestos de vigilancia en los barrios de Sakhur, Al-Haidariya y Bustan al-Basha. En la sala de operaciones Adel Abu Rawan, responsable de las fuerzas kurdas, nos hablaba de las negociaciones para introducir comida y combustible a cambio de rendir las zonas de Al-Halk, Buaydin y Bustan al-Basha. Sin embargo, un día después de aceptar dichas condiciones, se negó a cumplir el acuerdo, y comenzaron los bombardeos sobre Al-Haidariya, Al-Sakhur y Bustan al-Basha.

Sin apenas resistencia digna de mención, los revolucionarios abandonaron las instalaciones de agua y las posiciones 8 y 11 de Bustan al-Basha en el frente de Sheij Ruz el 29 de noviembre de 2016. La retirada fue una auténtica sorpresa y no llegaron refuerzos hasta las siete de la tarde, tras unas ocho horas de dominio de las fuerzas kurdas y combatientes del ejército de los revolucionarios sobre posiciones de Bustan al-Basha, y de la toma por parte de las tropas de Asad de la estación de agua.

Hubo enfrentamientos violentos pero no pudimos seguir avanzando, por lo que nos retiramos hacia los barrios de Tariq al-Bab y Al-Shaar. Bustan al-Basha, junto con Sheij Khodr, Al-Halk, Al-Haidariya y Al-Sakhur cayeron en manos de las tropas de Asad debido a la intensidad de los bombardeos con todo tipo de armas. La separación entre las posiciones dominadas por los revolucionarios y las dominadas por las tropas de Asad se redujo a la autovía que va desde Dawar al-Sakhur al aeropuerto de Alepo.  La mayoría de facciones pequeñas empezaron a desaparecer y a unirse a las fuertes, siendo las que contaban con más efectivos Nur al-Din al-Zenki y Ahrar al-Sham. En lo que se refiere a capacidades militares, la Agrupación Fastaqim era la más fuerte.

El 1 de diciembre de 2016 se tomaron nuevas posiciones en el barrio de Karam Bek hasta Sadd al-Lawz, cerca del distrito de Al-Shaar, tras la caída de la mayoría de barrios del este de Alepo. Apenas duramos un día como combatientes en esa zona y nos retiramos directamente al barrio de Al-Shaar.

El mapa cambiaba continuamente y mientras estuvimos en Karam Bek cada hora pasaban centenares de civiles que huían de los intensos bombardeos y del infierno que desataban los aviones hacia las zonas de control del régimen. La mayor parte del armamento pesado había sido enviado a los barrios de Zabdiya, Sayf al-Dawla, Salah al-Din y Jisr al-Haj, en los que quedamos asediados al final, en el sudoeste de Alepo. Estaba claro que las tropas de Asad pretendían dividir Alepo oriental en pequeñas zonas para poder asediar a las facciones y hacer más fácil la entrada.

Las fuerzas de Asad avanzaron desde Al-Maasraniya y Al-Maysar para imponer el cerco sobre los combatientes en Al-Shaar y Karam al-Jabal. De hecho, ya estaban preparando la entrada en Al-Shaar en ese momento. Abu Abd al-Rahman y sus combatientes se retiraron de Karam al-Jabal para evitar el asedio hacia Dawar Fadi Askar, y la mayoría de combatientes en Al-Shaar se retiraron también al mismo punto, al hospital oftalmológico y el tribunal de sharía. No teníamos ya más que las armas pesadas más básicas, y carecíamos de munición y de tanques. No sé cómo llegamos a eso, pero la realidad es que estábamos haciendo guardia con armas individuales. Finalmente, el régimen tomó el control de Al-Maysar el 4 de diciembre de 2016, y al día siguiente de Al-Shaar. Las fuerzas de Asad entraron a pie, sin resistencia. Seguimos en el hospital y Dawar Fadi Askar dos días, y después no retiramos hacia la zona antigua de Alepo y Dawar Bab al-Hadid. Algunos fueron a Al-Mashhad y Al-Zabdiya.

Las tropas de Asad iniciaron la ofensiva desde Bab al-Hadid y la zona antigua el 27 de diciembre de 2016, desde donde nos pidieron ayuda. Los que estaban allí eran del Frente del Levante, liderados por Abu Muhammad al-Hazawi. Nos dirigimos allí y, en el barrio de Jab al-Qubba nos detuvieron en un punto de control de Fath al-Sham. Nos preguntaron dónde íbamos y nos dijeron que la zona había caído y que la parte antigua había pasado a ser “enemiga”. Pedí al conductor que diera la vuelta, pero entonces un coche salió de la parte antigua de Alepo y los que iban en él nos dijeron que las posiciones seguían aseguradas y que seguían con nosotros. Hubo una discusión en el puesto de control y se negaron a dejarnos pasar para ayudar. Ya no sabíamos quienes seguían con nosotros y qué posiciones habían caído, así que retrocedimos.

En ese mismo momento, las tropas de Asad habían tomado el frente de Aziz y la zona de Harabila. Todo lo que hacíamos era asegurar nuevas posiciones para los que se retirarían hacia donde estábamos. La posibilidad de apoyos o de contraataques la habíamos perdido totalmente, como si ya estuviera todo decidido, mientras que las tropas de Asad consolidaban sus nuevas posiciones y seguían avanzando.

Entonces sacaron a todos los presos de las cárceles de Fath al-Sham, Nur al-Din al-Zenki y otras facciones. Eran cerca de 1.500 y tenían un aspecto extraño y marcas de tortura. La mayoría eran antiguos combatientes y muchos de ellos fueron enviados a los frentes, donde algunos murieron.

Las retiradas continuaron hasta que nos asediaron en cuatro zonas: Al-Zabdiya, al-Mashhad, Salah al-Din y Sayf al-Dawla, en poco más de 2km cuadrados. Todos estábamos allí, y comenzamos a hablar de tregua. Ninguna de las últimas posiciones que habían caído había presenciado enfrentamientos militares, sino que habían sido retiradas y acciones individuales de resistencia, que lucharon ferozmente. Los que quedaron fueron los héroes que murieron en Bustan al-Qasr.
Cada vez había más gente en las zonas donde estábamos: las calles estaban llenas de civiles y combatientes y en cada casa había más de veinte personas.

Comenzamos a hablar de tregua el 13 de diciembre de 2016 y junto a la casa en la que me alojaba, un barbero trabajaba desde las 7 de la mañana hasta bien entrada la noche: casi todos nos afeitamos la barba y nos cambiamos de ropa.

Los almacenes de munición y artillería pesada que vimos en esas zonas daban para cuatro años. Unos días antes habíamos soñado con tener una metralleta, un DshK o un tanque, y ahí estaban delante de nosotros, pero iban a ser entregados a las tropas de Asad tal y como estipulaba la tregua, que no nos permitía salir más que con un fusil y una bolsa.

También nos sorprendió la cantidad de comida y recursos básicos que había almacenadas. Había hasta pipas, y la gente estaba hambrienta. Lo que allí había servía para alimentar a la ciudad por lo menos durante seis meses y al hablar de la salida, era como tirarlo. Se abrieron los almacenes y me comí una lata de atún que no había visto en mi vida: era enorme, de más de un kilo. Y así con otros productos. Entonces, ¿por qué el kilo de azúcar había subido a 6.000 libras, la harina a 3.000 y así con otros productos?

El 14 de diciembre de 2016 se produjo la tregua de facto y el acuerdo supuso una evacuación en realidad. No nos dieron la opción de quedarnos o salir, sino que la orden obligaba a salir forzosamente. Había que reunirse en la plaza de Al-Amiriya. No pudimos quemar nuestros pertrechos, porque nos dijeron que la tregua estipulaba que había que dejar las armas y entregarlas. Los aviones de reconocimiento estaban presentes 24 horas, pero muchos dejamos las armas inutilizadas poniendo las balas al revés y disparando. Con ello, explotaba la cámara y dejaban de funcionar.

Al-Faruq Abu Bakr, de Ahrar al-Sham fue el responsable directo de las negociaciones y de la tregua, y nosotros nos quedamos en algunas posiciones para proteger a los civiles, que habían comenzado a salir el 15 de diciembre. Nos quedamos en la ciudad hasta la última tanda, que salió el 22 de diciembre y estuvimos 36 horas en la última posición, con las tropas de Asad a 50 metros, con algunos avances y retrocesos según si se cumplía la tregua o no. Hacía mucho frío y la nieve había cubierto la ciudad.

El camino estaba delimitado por un único punto de cruce, por Al-Amiriya, y algunas personas que fueron a otro cruce fueron recibidas con disparos por las fuerzas de Asad. Uno de los autobuses había llegado al punto de control y los hombres de Asad bajaron a todos los que iban en él. Los combatientes se enfrentaron a la situación y dos de ellos murieron. Entonces uno de los revolucionarios lanzó una granada que tenía antes de que le dispararan. Escuché que tres revolucionarios murieron.

Nos permitieron pasar unas horas después. En el autobús había dos miembros de la Media Luna Roja. Pasamos dos controles: uno de las tropas de Asad y otro de los rusos. No nos pararon hasta el tercero, en el que nos registraron las maletas. Uno de los oficiales de Asad abrió la puerta y dijo que quien quisiera bajar y quedarse en “el regazo de la patria” podía hacerlo. La mayoría éramos combatientes y teníamos los dedos sobre los gatillos de nuestros fusiles por si sucedía algo. Nadie se bajó del autobús y seguimos el camino hasta la zona en la que están los revolucionarios.

Dos horas después, vi un convoy de combatientes salir, y con ellos muchas armas pesadas. En ese momento, sentí que los que habíamos dejado o destruido la mayoría de nuestras armas y nos habíamos conformado con nuestras armas individuales éramos idiotas. Sin embargo, nadie nos había informado de que podíamos sacarlas.

Tras la salida, nos separamos. Hablábamos de si íbamos a la zona rural del norte para unirnos al Escudo del Éufrates, y muchos estamos aquí, escuchando las noticias y hablando de la larga tregua o de la división. Tenemos la esperanza de poder volver a nuestras casas y abrir un taller, una casa, vivir. Estamos todos destrozados. La sangre derramada no sé de quién es culpa. Solo Dios lo sabe. 

No tengo nada más que decir, pero quiero sacaros los colores a todos: servicios de seguridad, policía, trabajadores humanitarios y líderes. Todos nos han tratado injustamente, han tratado injustamente a la gente de la ciudad y la han matado de hambre. La han entregado y han dejado que la sangre de los mártires fuera en vano.


Autobuses en Alepo (AFP)
(En el cartel se lee "Contigo") 

Abu Baybars Balaya, combatiente de Ahrar al-Sham, contó lo siguiente:

El 21 de diciembre de 2016, tras la salida de la mayor parte de los civiles, comenzamos a salir en caravanas que en su mayoría eran combatientes. Salimos en autobuses y algunos coches particulares. Yo salí con algunos combatientes en mi coche.

Se me estropeó el coche y nos subimos en uno de la Media Luna Roja que nos cruzamos. Nos detuvieron en dos controles de los rusos, que contaron cuántos éramos. Estábamos preparados para cualquier cosa que pudiera suceder. A mitad de camino, había un puesto de control de miembros de Hezbollah en el que sonaban canciones chiíes para provocarnos. Era bastante doloroso y la impotencia nos dominaba. Completamos el camino hasta la otra parte de la ciudad. No hubo complicaciones salvo en algunos coches que se pararon por la nieve o averías. 

Ramadan al-Marandi, uno de los revolucionarios de Dahra Awad, dio también su testimonio:

 Ramadan al-Marandi saliendo de Alepo

El domingo 18 de diciembre de 2016, a la una del mediodía, partimos en los autobuses. El autobús se dirigió al primer punto de control del régimen en la zona cero, Al-Ramusa, y le pidieron al conductor que retrocediera. Es decir, no nos dejaron salir.

Estuvimos como un cuarto de hora y, cuando preguntamos por qué seguíamos ahí, escuchamos que habían quemado los autobuses que iban a Kafraya y Al-Fu’a. Pidieron al autobús que siguiera, y le dije a uno de los líderes que ello podía exponernos a algún peligro. Sin embargo, me dijo que todo se había solucionado y que teníamos que seguir.

Estaba en el autobús número 6 y cuando llegamos a la berma en la que estaban apostados el régimen y las milicias afines a él, nos dieron el alto. Cuando preguntamos al miembro de la Media Luna Roja por qué nos paraban, nos dijo que íbamos a esperar a que se llenaran los otros veinticinco autobuses y después seguiríamos.

Cuando los hombres de la Media Luna Roja nos dijeron que no era más que eso, eran ya las cuatro de la tarde. Una hora después, al caer el sol, las tropas de Asad pidieron a la Media Luna Roja que encendiera las luces del autobús y dieron orden de que nadie saliera del autobús para nada. Diez soldados rodearon por ambos lados el autobús y quemaron neumáticos mientras nos miraban y se reían de nosotros. Se negaron a dar un simple trago de agua a las mujeres y los niños a pesar de que se lo pedimos repetidamente a la Media Luna Roja. Finalmente, a las 12 de la noche, uno de los miembros de la organización, llegó con dos litros de agua y nos la dio. Se negó a dejarnos salir aunque fuera a hacer nuestras necesidades. No respondió ninguna pregunta sobre por qué estábamos ahí parados y cuándo nos dejarían seguir.

Unos minutos después, dejaron a cinco autobuses salir y nos quedamos en un autobús rojo con 83 personas, entre las que había mujeres y niños con caras de miedo, además de hambre y sed. Era una situación indescriptible. Los gritos y llantos de los niños eran muy dolorosos y las mujeres intentaban tapar sus bocas con las manos.

A las 03:30 de la madrugada, subió al autobús un miembro de la Media Luna Roja y nos dijo que los que quisieran hacer sus necesidades podían hacerlo junto al autobús: solo mujeres y niños, a la vista de las tropas de Asad y sus shabbiha. Las mujeres se negaron a bajar y solo bajaron los niños.

A las 9 de la mañana del día siguiente, tras veintidós horas, nos permitieron continuar. Nos pararon en un control de los rusos. Uno de ellos subió al autobús, nos contó y nos dijo algo que no entendimos. Entonces subió un soldado de Asad y dijo que quienes quisieran volver al regazo de la patria debían bajar. Nadie respondió.

Llegamos al otro lado, donde nos esperaban los autobuses del Ejército Sirio Libre, que nos llevaron a los refugios, unos a Sarmada en la zona rural de Idleb, y otros a Atareb al oeste de Alepo.